Tal
vez, antes de hablar del hospital en sí, convenga detenerse en la vida de su
creador. Porque este hospital nace de la vocación de un hombre para quien curar
enfermos no fue solo una profesión, sino el sentido de su vida. Un hombre que
fue soldado, poeta y médico y que en cada una de sus facetas dejó un legado
admirable. Como soldado participó en varias guerras, otorgando vida y esperanza
a los caídos; como médico dedicó sus conocimientos especialmente a los más
pequeños, convirtiéndose en el primer pediatra argentino; como escritor dejó
plasmadas sus emociones en palabras: la tristeza, el dolor y la piedad que
sentía.
Ricardo
Gutiérrez nació en el año 1836 en Arrecifes. Estudió en el Colegio Nacional
Buenos Aires y con sus dos hermanos cultivó desde joven la pasión por las
letras y el periodismo: juntos crearon el diario La Patria Argentina. Comenzó
la universidad estudiando abogacía, pero su verdadera vocación apareció lejos
de las aulas. Participó en guerras, como la de Paraguay; en batallas, como las
de Cepeda y Pavón; se enlistó como médico voluntario en la guerra de la Triple Alianza
aún, siendo estudiante. En esos lugares conoció el horror y la urgencia: curó
heridas, luchó contra enfermedades, con la falta de medios y conocimientos,
extrajo balas, amputó miembros y combatió epidemias, como las del cólera y la
fiebre amarilla.
Cuando
regresó de la guerra lidió, además, contra las ideas dominantes de la época. Convencido
de que los niños necesitaban un lugar propio para ser atendidos, propuso la
creación de un hospital infantil. Su lema era “Hay que salvar en la cuna el
porvenir de la Patria”. Pidiendo apoyo a las damas de la Sociedad Benéfica
—institución creada durante la presidencia de Bartolomé Mitre—, logró su
objetivo.
En
el año 1875 abrió sus puertas el primer Hospital de Niños “San Luis Gonzaga” en
la calle Victoria 1179 (hoy Hipólito Yrigoyen 3420). Gutiérrez asumió la
dirección unos meses después, ya que al momento de la inauguración se
encontraba en Europa becado por D. F. Sarmiento para perfeccionarse. A su
regreso se convirtió en el primer pediatra del país y dirigió el hospital
durante veintiún años, de manera totalmente ad honorem. El equipo médico
incluía figuras destacadas, como Ignacio Pirovano y José María Ramos Mejía. En
1876 el hospital se trasladó a Arenales 1472, donde comenzó a funcionar también
como escuela, y en 1896 se mudó a su sede actual en Gallo 1330. Gutiérrez, que
ya había despedido al poeta que había en él para entregarse por completo a la
medicina, no llegó a verlo: había muerto tres meses antes, a causa de una
afección pulmonar. En 1936, con motivo del centenario de su nacimiento, un
diputado propuso que el hospital llevara su nombre, iniciativa que fue aprobada
en 1946.
Para
el nuevo edificio se formó una comisión integrada por médicos e ingenieros de
renombre, quienes analizaron las innovaciones edilicias y tecnológicas aplicados
a hospitales en Europa. El proyecto quedó a cargo del Arquitecto
Christophersen, quien fue premiado con una medalla de oro en la Exposición en
Chicago de 1893. El 22 de noviembre de ese mismo año se colocó la piedra
fundamental, con la bendición del Arzobispo de Buenos Aires.
Su
arquitectura respondía al modelo hospitalario de pabellones rodeados de áreas
verdes pensadas para favorecer la recuperación de los pacientes. Cada pabellón
contaba con escaleras de mármol y ascensor, algo poco común para la época. Todo
estaba previsto: consultorios, habitaciones, morgue, salas de operaciones,
pabellones de enfermedades contagiosas, otro para enfermos especiales, habitaciones
para personal médico, cocinas, despensas, lavaderos, entrada de carruajes,
capilla y todos los servicios necesarios para transformarlo en lo que se
convirtió: un hospital de alta complejidad, pionero en la región y referente,
no solo en el país, sino también en Sudamérica.
Sin
embargo, el crecimiento constante de la cantidad de pacientes, sumado a la
manutención de otras instituciones y hospitales, y la dependencia casi
exclusiva de los escasos fondos públicos, hizo que el dinero no alcanzara para
terminar las obras. Fue entonces cuando se recurrió a empresarios como Magnani
& Cía. y Teófilo Sibelau, quienes aceptaron finalizar los trabajos con la
condición de recibir el pago en un plazo de ocho meses.
Una historia que no debemos
olvidar. Y para ello están los Croquiseros Urbanos, que con su vista atenta y
su memoria sensible, ayudarán a que permanezca viva y que nunca se borre.
Sandra Machado
Nélida Lanza
Sandra Tabera
Victoria Braunstein
Claudio Perez Rey
Sandro Borghini
Eduardo Smudt
Rubén Cipolla
Gustavo Colotto
María Catalina Alberto (Mayca)
Rodolfo Besada (Fito)
Ricardo Gersbach (Mono)
Stella Maris Dotti
Silvia Poveda
Gaby Terzano
Mónica Verduri
Margarita Descole
Edgardo Minond
Dora Rud




























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